las obras y el tesón de la comunidad le cambian la cara al tradicional barrio Obrero – Primer plano

















Ese, de más de un siglo de historia que está volviendo a los tiempos de sus viejas glorias en la vida de la ciudad, como cuando el cine en blanco y negro brillaba en la pantalla gigante de los teatros —uno de ellos, el Belalcázar—, que proyectaban las películas mexicanas, o cuando los bailadores iban al bar Nápoles y a otros lugares de culto a la música antillana y a la salsa.
Allí es la cuna de aquellos ritmos, que tuvo a sus primeros aficionados en las frecuencias de onda corta de la radio.
Es el barrio donde la cadencia se desenvuelve con desparpajo y al compás de notas que sintoniza una vieja guardia, rindiéndoles homenaje a la Sonora Matancera, Celia Cruz, Héctor Lavoe, Ignacio Piñeiro, Dámaso Pérez Prado, la orquesta Riverside, la Fania, Richie Ray y Bobby Cruz. También, a otros íconos, como el Grupo Niche, del memorable Jairo Varela; Willie Colón, Rubén Blades, Guayacán Orquesta, Henry Fiol, Los Hermanos Lebrón, Willy García, Alfredito de la Fe con Son Mujeres, entre muchos más. Y el listado de talentos sigue con contemporáneos de la misma región.
Este es el barrio bautizado así por los jornaleros que aparecían con el tren. También, por los artesanos y maestros de construcción, formando familias y toda una comunidad que le erigió un busto al expresidente Eloy Alfaro, un general ecuatoriano de causas sociales.
En sus esquinas surgieron asociaciones de trabajadores y se forjó el equipo de fútbol América con jugadores que crecieron entre las multitudes que llegaban al parque principal para los llamados ‘agualulos’ de las tardes en la ‘Escalinata’, otro sitio emblemático de baile, o para subir en la noche a El Séptimo Cielo, uno de los rumbeaderos más famosos que Cali llegó a tener en el céntrico sector.
Ahora, las vías se han venido llenando de adoquines dentro de una transformación que el alcalde de Cali, Alejandro Eder, calificó como histórica y que surgió porque los mismos vecinos se unieron para contarle al mandatario su idea de trazar un nuevo camino para el Obrero, con el realce de que allí palpita el corazón de la salsa caleña.
El Obrero celebró sus 106 años de vida, el pasado 20 de junio, y desde ese momento empezó el cambio. La primera piedra tuvo lugar dentro de un acto con el alcalde y la comunidad frente al parque principal Eloy Alfaro.
Hoy, la renovación avanza hasta en sus entrañas: pelotones de operarios están reemplazando las redes de acueducto y alcantarillado, además de las conexiones eléctricas, que tienen más de 50 años.
La propuesta que el alcalde Eder conoció de mano de la misma gente es la de impulsar esa cuna de la música, como una meca cultural y turística en más de una decena de manzanas con sus restaurantes, bares y bailaderos tan reconocidos y que han sido posibles por quienes nacieron en el barrio, pasando su legado a sus hijos, nietos y hasta bisnietos.
El propósito es que la zona refleje esa riqueza con personajes que son leyendas, como Edulfamid Molina Díaz o mejor, Píper Pimienta, el caucano de Corinto que vivió su infancia en el Obrero y se volvió el showman de la salsa, destacado por sus dotes de bailador, cantante y compositor de éxitos, como Las caleñas son como las flores. De ahí que tiene su monumento en el barrio.
Hoy, muchos también recuerdan que allí la bailarina Amparo Ramos Correa, conocida como ‘Amparo Arrebato’, se volaba a los bailaderos, al son Del barrio Obrero a la 15, cantada por Chamaco Rivera.
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Transformación del barrio Obrero, uno de los más antiguos de Cali.
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La gran transformación con fiesta que anticipa la Feria de Cali
Calles quedarán con adoquines en el barrio Obrero.
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El proyecto de la transformación del Obrero se llama ‘Recorrido patrimonial del complejo musical-dancístico de la salsa’. Su nombre, como lo explicó el alcalde de la capital del Valle del Cauca, se debe a que esta gran apuesta arrancó, luego de que el 25 de octubre de 2024, la propuesta titulada ‘El complejo musical y dancístico de Cali’ entró a la lista representativa de patrimonio cultural inmaterial del país.
“La transformación de Cali comienza aquí, en el corazón del barrio Obrero. Este no es solo un proyecto de infraestructura: es una forma de honrar nuestra historia, de devolverle la dignidad a un barrio que durante años fue olvidado, y de demostrar que sí se puede recuperar la ciudad desde sus raíces”, afirmó el alcalde Eder.
Haciendo honor a ese logro, el cambio se gestó en dos etapas. La primera abarca 9.421 metros cuadrados (casi el tamaño de una cancha de fútbol, como la del Pascual Guerrero). Se extiende en seis cuadras, las cuales tienen la forma de una T, cuya obra empezó desde el aniversario del barrio, el 20 de junio.
Esa primera etapa, ya de cinco meses y medio, incluye la creación de 12 esculturas en fibra de vidrio que estarán en la calle, a la vista de todos los ciudadanos. Combinadas con 62 murales en las fachadas de las casas da como resultado un museo al aire libre. Este es el componente del arte en una sinergia con la infraestructura, porque no es solo cemento. Es el renacer del valor cultural del Obrero.
De acuerdo con la Secretaría de Cultura de Cali, el objetivo es lograr que propios y visitantes caminen y conozcan un lugar donde el asfalto tiene un son único y cada esquina guarda un paso de baile.
«Este no es solo un recorrido; es un reencuentro con nuestras raíces, con la historia que nos hace vibrar. Por mucho tiempo, la salsa ha sido el pulso de Cali, el ritmo que nos define y la pasión que llevamos en la sangre. Hoy, el proyecto del barrio Obrero nace del reconocimiento oficial del ‘Complejo musical y dancístico de la salsa caleña’, como parte del patrimonio cultural inmaterial de la Nación», recalcó la titular de esta dependencia, Leydi Higidio.
«El proyecto es nuestra manera de decir gracias a la salsa, por devolverle el brillo a sus cimientos. Estamos trabajando para que el barrio Obrero se convierta en un faro de cultura, un lugar donde el pasado y el futuro se encuentren al compás de la clave», anotó.
La gerente de la Empresa de Desarrollo y Renovación Urbana Eice (Edru), María Alexandra Pacheco, dijo a EL TIEMPO que el cronograma de la primera fase se extenderá hasta marzo de 2026. Pero anunció que en este mes de diciembre finalizarán las obras civiles con sus calles adoquinadas y sus andenes renovados, en cinco de las seis cuadras de la primera etapa.
Es parte del anticipo de la Feria de Cali, la fiesta que cierra con broche de oro cada año. De hecho, el próximo 19 de diciembre, la Alcaldía realizará desde las 2:00 de la tarde, la ‘Feria del barrio Obrero: calle de la salsa’ con Henry Fiol, Los Hermanos Lebrón, Kim de los Santos, Alfredito de la Fe con Son Mujeres, La Salsa en la Calle Mira Vé, Orquesta Zúmbale, Grupo Melaza y la Orquesta de Carlos Sarria.
Obras en el barrio Obrero, de Cali.
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En este momento, las cuadrillas de la Edru permanecen con la maquinaria hasta altas horas de la noche, porque la consigna es la de no parar, luego de levantar capas de asfalto para que operarios de las Empresas Municipales de Cali (Emcali) pudieran internarse en los socavones de las tuberías de la calle 22A, entre carreras 11 y 12, y en la carrera 11B, entre calles 22A y 25. Esta etapa va por el orden de un 40 %, según la Edru.
La segunda etapa cubrirá 17.674 metros cuadrados, con obras en las carreras 10 y 11, entre calles 22 y 23, y en la calle 23, entre carreras 9 y 11, además, en el parque Eloy Alfaro. Esas últimas se esperan para el segundo semestre del año venidero, mientras se jalonan estudios y diseños.
“Esta es una iniciativa ciudadana de los mismos residentes y comerciantes de la zona que ha sido la cuna de la salsa, un género musical que nos identifica y que es un símbolo de Santiago de Cali”, dijo la gerente de la Edru a EL TIEMPO.
“Vamos a hacer una intervención de carácter urbanístico, no solamente lo artístico, por lo que se requiere un trabajo de infraestructura”, añadió la directiva.
Obras de la primera etapa en el barrio Obrero, de Cali.
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“Hay que entender que esta transformación tendrá los ojos de Cali en una apuesta en materia económica, de inversión también para el turismo y, por ende, la importancia de brindar garantías en materia de servicios públicos para el futuro”, sostuvo la gerente Pacheco, conversando durante una tarde de brisa con esta casa editorial desde el parque principal.
Explicó que esta primera etapa la lidera la Secretaría de Cultura del distrito y es ejecutada por la Edru.
Reiteró que Emcali se encarga de la subterranización de redes secas y reposición de redes húmedas.
Todas estas obras alcanzan la inversión de unos 20.000 millones de pesos. Dijo que hay dos convenios interadministrativos, uno con Cultura y el segundo, con Emcali; este último, por alrededor de 4.000 millones.
La segunda etapa, como consta en los registros de la Edru, costará 38.000 millones de pesos.
Así serán las obras de la primera etapa en el barrio Obrero.
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La presidenta de la Junta de Acción Comunal (JAC) del Obrero y líder de la Ruta de la Salsa, Claudia Patricia Sáenz, dijo: “Todo lo hemos hecho con las manos de todos”.
La comunera recuerda que en el terreno donde hoy se encuentra la iglesia del barrio, la Jesús Obrero, había un quiosco de baile. Los vecinos, junto a conductores de buses devotos de la Virgen del Carmen, transformaron ese espacio en la parroquia desde 1952.
“El primer acto de unión del barrio fue ese, construir la parroquia. La sede comunal también se hizo en esa misma dinámica y todo ha sido así: unión de voluntades. Los cumpleaños del barrio son eso, unión de voluntades”, explicó la presidenta de la JAC.
Obras de la primera etapa en el barrio Obrero, de Cali.
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Residentes y comerciantes, atentos a las obras
Franklin Pacheco, caucano de 72 años, contó que lleva más de medio siglo viviendo en el Obrero. El menor de una familia de 10 hijos llegó hace 60 años, 20 de los cuales lleva viviendo en la casa que él mismo construyó en el lote que adquirió en la carrera 1D con calle 22, en aquella época.
Frente a su vivienda están las obras. «Eso va quedar muy bien. Estamos esperando ver cómo quedará todo», manifestó el adulto mayor, a dos cuadras de su casa. Dijo que aún trabaja desde su morada, en la elaboración de llaveros, medallas, botones, placas y otros artículos publicitarios. Don Franklin camina con dificultad por su edad. Lo hace lento, tratando de no dar un paso en falso que le haga perder el equilibrio en la calle donde están poniendo adoquines.
Una de las cuadras donde la excavadoras continúan abriendo paso, al tiempo que volquetas recogen toneladas de cemento, es la de la calle 22A con carrera 11. Allí, el dueño de la panadería Miky, Hugo Hurtado, así como el administrador Adolfo León, al frente de un local de venta de pollo apanado; los empleados de una droguería y el copropietario de un local que vende tenis, el venezolano Jaili León, anhelan ver todo terminado.
Tienen expectativa en el progreso que traerá la transformación, pero también en recuperarse económicamente, pues confiesan que las ventas han bajado.
El dueño de la panadería Miky y en la droguería coinciden en afirmar que el impacto ha sido mayor que el que padecieron durante la pandemia por el covid-19, desde 2020, y el estallido social, al año siguiente. Según Hurtado, las ventas han disminuido entre el 30 % y el 40 %. Sin embargo, comprenden que este es un sacrificio por un bien común.
El comerciante Hurtado contó que nació en Caicedonia, en el norte del Valle del Cauca, y llegó a Cali hace 32 años, apostando de inmediato a trabajar en El Obrero. Reiteró que sigue siendo uno de los barrios más favorables para los negocios en la capital del departamento.
Obras de la primera etapa en el barrio Obrero, de Cali. A la izquierda, la panadería Miky y al fondo la parroquia del barrio: Jesús Obrero, frente al parque principal.
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‘El Obrero me lo ha dado todo’
“El Obrero me lo ha dado todo en esos 32 años. Este es un sector demasiado comercial”, sostuvo el comerciante. “El entorno se va a ver muy bonito. Toca esperar el próximo año. Pero de los 32 años aquí, los últimos cinco meses han sido duros”, precisó el comerciante de la panadería Miky, diciendo que ha buscado mantenerse con sus 15 empleados, entre panaderos y otros que atienden al público.
Uno de sus panaderos es Silvio, que también está ansioso por esa culminación, pues la demanda de pan ha bajado y por eso, en las tardes sale de la cocina y pasa más tiempo frente a la caja registradora, observando los trabajos.
«Claro está que antes era difícil el ingreso por el barro, cuando llovía. Ya ahora se puede caminar. Estamos muy pendientes y entendemos el cambio que traerá para el barrio», comentó el dueño de la panadería, en la esquina de la calle 11B con carrera22.
Por su parte, el venezolano León dijo que es padre de una bebé de 8 meses y que también espera con fervor la llegada de más clientes. Manifestó que hace tres meses, más de un centenar de zapatos sigue en los estantes de su establecimiento.
“Ya hemos esperado lo mucho, ahora es esperar lo poco”, comentaron en la droguería de la esquina de la 11B con carrera 22.
Este es el local, donde artistas crean un mural de Píper Pimienta. Abrirá para la Feria del Obrero, este 19 de diciembre.
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Por su parte, Jimmy Contreras, nacido hace 46 años en El Obrero, alista el local que administra al frente del parque principal, con la meta de que a futuro sea un bar, pero por el momento, cuando las puertas se abran, funcionará un estanco. Está emocionado por la Feria del barrio Obrero de este viernes 19 de diciembre.
“El barrio es bueno. Es muy comercial. Como todo barrio popular, la gente se reúne en los andenes, en los parques, se sienta a conversar. Los vecinos ponen su grabadora, ponen su música. Es muy salsero. La gente viene a compartir”, comentó el caleño, a unos metros del artista urbano Julián Andrés Gutiérrez.
El artista está creando un mural de 4,5 metros de altura. En un costado de la casa se observa la cara gigante de Píper Pimienta y en el otro costado sobre el parque, le da color a una pareja, bailando salsa. Lo hace con la ayuda del argentino Marcelo Antonio, quien llegó a Cali hace casi una década porque su hijo nació en la ciudad.
La gerente de la Edru, María Alexandra Pacheco, en una de las calles con adoquines, en el barrio Obrero. Está ubicado en el centro de Cali.
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‘Obras civiles están finalizando en cinco cuadras’
La gerente de la Edru dijo que los tiempos de obra están proyectados hasta marzo del 2026. Pero recalcó que teniendo en cuenta la Feria de Cali, que se disfruta del 25 al 30 de diciembre, las obras civiles están ya por terminarse. Insistió en que se podrán recorrer de manera peatonal, por ahora.
“Son 117 predios, tanto viviendas como de comercio, que se están interviniendo en la primera etapa, digamos que en la parte pública. Lo que nosotros hemos hecho es evitar al máximo cualquier afectación”, expresó la gerente Pacheco.
La gerente de la Edru, María Alexandra Pacheco, en una de las calles con adoquines.
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“Como todo proceso de renovación y más como pasa aquí en el barrio Obrero, la gente vive acá, la gente trabaja acá. En ningún momento trasladamos a la gente, mientras hemos estado haciendo la intervención. Por eso, también hablamos de ese tiempo récord de cinco meses, por lo que nos hemos comprometido en poder garantizar esa obra civil. Para evitar las mayores afectaciones, también como medidas de mitigación de esos impactos, buscamos no dejar todo abierto y expuesto, sino hacerlo por tramos para que realmente no se haga durante largo tiempo”, agregó la gerente de la Edru.
Asimismo, de acuerdo con la Alcaldía, previendo esos impactos se viene trabajando en un capital semilla, como herramienta para el fortalecimiento empresarial de emprendedores, trabajadores informales y Mipymes que permite fortalecer sus negocios, mediante procesos de formación, acompañamiento técnico y la entrega de insumos para facilitar su crecimiento y consolidación.
Este capital implica una inversión de 8.750 millones de pesos, dirigida a 780 beneficiarios. Se distribuyen en tres grupos, según la fase en la que el emprendimiento se encuentre, como lo informaron en la Administración distrital.
El grupo 1 hace referencia a emprendimientos en fase de innovación y/o desarrollo tecnológico.
El 2 tiene que ver con emprendimientos en fase de crecimiento (expansión en ventas, crecimiento de clientes y ampliación en su estructura organizacional).
El grupo 3 es por emprendimientos en fase de iniciación de su proceso de crecimiento.
El mayor documentalista de la historia de la salsa
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uno de los objetos más preciados para Carlos Molina Castellanos, nacido y criado en el barrio Obrero, reposa en una gran urna de cristal, cuya placa deja leer: «Celia Cruz». Es un vestido de color rosado de lentejuelas que la famosa Guarachera de Cuba lució la primera vez cuando se presentó en Cali con la Fania. Era el año 1981, dice Carlos Molina, el hijo llamado igual que el padre.
Este es uno de los tesoros, entre miles que protegen el caleño y su progenitor, ambos nacidos en el Obrero, y que ahora le transmitieron ese legado al nieto de la familia. El predio de tres niveles es mucho más que su vivienda. Es el Museo de la Salsa, hoy bajo el nombre de Fundación Museo de la Salsa.
Contó que todo empezó cuando su abuelo, Carlos Molina que ya no vive, tenía un taller para arreglar motos en la casa donde le permitió a su hijo un espacio para poner algunas de sus primeras fotos que luego se convirtió en un arte lleno de pasión con su muy querida cámara Olympus Pen.
Más de 40.000 fotografías de 300.000 negativos en el Museo de la Salsa desde 1968
«Soy hijo de Carlos Alfredo Molina Salas, el fotógrafo de la salsa. A él lo conocen así. Yo digo algo más. Mi padre es el mayor documentalista de la historia de la salsa. Aquí hay fotografías análogas desde 1968 hasta la actualidad», dijo a EL TIEMPO.
«Él ha venido tomándoles fotos a los artistas cada vez que han visitado Cali. Desde ese tiempo, los años 60, 70, 80 y 90, sobre todo, yendo a discotecas, bares, grilles, hoteles y a muchos lugares donde posaban para él. Y por eso, las fotografías son muy cercanas», continuó al explicar que el padre solía obturar la cámara a unos pasos del personaje, captándolo con tal nitidez y familiaridad. No tenía el poderoso zoom de hoy en día.
Carlos Molina continúa el legado de su padre en la dirección del Museo y de la fundación.
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«Mi papá comenzó con la Olympus Pen, pequeñita, que está en el museo, como las 1.150 fotografías exhibidas en el primer piso», es parte de la narración. «Arriba, en el archivo, hay más de 40.000 fotos impresas de 300.000 negativos. Por eso, es el mayor documental gráfico de la historia de la salsa que existe y lo tenemos en Cali», afirmó Carlos Molina junior.
«este es el Museo de la Salsa, porque salvaguarda la historia nunca antes contada. Cuando llegan turistas se les cuenta sobre los artistas que vienen aquí a la ciudad. Mi papá ha sido empírico. Mi abuelo llegó muy pequeñito al barrio Obrero. Nació en Dagua y llegó desde que tenía 5 años. Somos una generación de tres Carlos Molina y tengo a mi hijo que me sigue los pasos», narró.
En los pisos superiores vive don Carlos Molina, el padre y el documentalista de la salsa, con su esposa, Luz América Castellanos.
Cuando EL TIEMPO le preguntó a Carlos Molina Castellanos sobre si también toma fotos como su papá, respondió: «Continuamos con el proyecto de documentar la historia de la salsa. Ya hay nuevos artistas a quienes se les toma fotos, pero ya no está ni Héctor Lavoe, Celia Cruz ni Jairo Varela. A los turistas les informamos que hay artistas nuevos y emergentes. No es solo contar la historia de la salsa de la década del 70 hacia atrás».
Cerca suyo hay un piano, un bajo, timbales, congas y el bongó. Carlos Molina aseguró que tiene 46 años. «Estoy en esta casa desde los 18. Antes de esa edad, la casa estaba en la calle 25», siguió con su relato. En la actualidad, el Museo de la Salsa tiene la dirección carrera 11B No. 24-44.
No obstante, explicó que entre 1968 y el 2013, el museo no estaba abierto al público. Era un inmueble privado a donde llegaban reporteros fascinados con la historia de las más de 41.000 fotos y los 300.000 negativos hasta que ya se organizó con razón social, convirtiéndose en la Fundación Museo de la Salsa. Aclaró que no se trata de un bailadero. Es uno de los lugares de culto a la salsa dentro del recorrido de aprendizaje, cuando se cruza la puerta metálica de su propiedad.
Todos los días se abre a partir de las 10:00 de la mañana. En temporada baja no se trabaja los domingos, pero durante el segundo semestre del año, el museo abre hasta fines de semana con lunes festivos.
Sus registros arrojan un promedio de 2.800 visitantes al mes. Llegan, no importa que la calle y otras del Obrero luzcan excavadas, en medio de maquinaria pesada, mientras los trabajos de la transformación siguen adelante.
«Los turistas vienen porque saben que este es un museo único», enfatizó. Se camina menos de una cuadra desde la transitada calle 25, uno de los corredores viales más importantes de Cali para quienes se desplazan en carro desde el norte y el centro hacia el sur y el suroriente de esta capital.
El Museo de la Salsa, como se conoce comúnmente, tiene además, cuatro empleados y dos de ellos son docentes que enseñan a tocar los instrumentos de percusión, el piano y el bajo.
Carlos Molina Castellanos también se siente orgulloso al asegurar que fue una de las personas gestantes de la iniciativa del cambio del barrio Obrero para lograr que sea una zona de vocación turística y cultural de Cali y del país.
Su emprendimiento, además del museo y de dictar clases, hace posible la venta de artículos de artesanos con el estilo salsero de Cali. Algunos son por ejemplo, el Gato de Tejada, el monumento que el artista Hernando Tejada donó a la capital vallecaucana y que es parte de los atractivos en la ribera del río tutelar.
Destacó la importancia de que en esta primera etapa participan locales que pueden mostrar la gastronomía caleña, así como el aporte a la economía por los bailaderos, entre discotecas, bares y viejotecas.
Por eso, sonríe mirando a los operarios trabajando en su calle y en las demás del Obrero. Aunque sabe que las 12 esculturas y los 62 murales del museo al aire libre demorarán un poco más.
La gerente de la Edru dijo que el componente artístico será el último dentro de la primera etapa.
«Por lo menos, las calles ya tienen adoquines. Las esculturas y los murales podrían estar en abril o mayo próximos, más o menos», indicó el gestor cultural.
De una tienda de café y arroz, y una cafetería a un ícono de rumba y cultura
María Nelly Parra, fundadora de Nelly Teka, en el Obrero.
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«Mi nombre es María Nelly Parra. Nací en Pitalito, Huila. Soy campesina». La mujer, de 63 años, habla detrás de un mostrador y de una caja registradora. Está rodeada de cientos de fotografías de artistas de la salsa. Detrás de ella hay licores y una nevera con jugos y gaseosas para la venta. Ella está en un costado de la pista de baile, rodeada de mesas para los visitantes.
Son las 3:30 de la tarde de un miércoles y desde afuera de la vivienda, en la esquina de la carrera 10 con calle 21, del Obrero, se escucha la música salsa. En la entrada, un grupo de amigos, adultos de más de 60 años, se encuentran reunidos y departiendo, mientras el sol se va ocultando detrás del cerro de las Tres Cruces y los 30 grados habituales en Cali están descendiendo.
«Me vine de Pitalito, buscando oportunidades, pero antes estuve en Caquetá y luego me preguntaba, si me venía a Cali o si iba a Bogotá. Me fui primero a Bogotá, donde estuve durante siete años como empleada. Pero yo ya no quería serlo, quería tener un negocio propio». Doña Nelly, como la conocen en el Obrero, trabajó primero en una panadería y luego, en una casa de familia. Pero, quería otros horizontes.
Nelly Teka, en el Obrero. María Nelly Parra es su fundadora.
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Viajó a Cali a visitar a dos hermanas. En ese trasegar, la menor de una familia de 22 hijos, con la mamá como cabeza de hogar para sacarlos adelante, se volvió dueña de la tienda de una de las hermanas, en 1985. Empezó vendiendo lo básico: café, azúcar y arroz. Luego, se volvió la cafetería Atahualpa, donde preparaba huevos.
«Yo le pedía mucho a Dios que me diera un negocio porque yo ya no quería ser empleada. Que así me tocara trabajar, de día y de noche, por muy humilde y pobre que fuera. Yo le pedía eso y así llegué a Cali con mi hija, una niña de 2 años, en ese entonces», dijo la huilense.
«Mi hermana me dijo, ahí está la tienda, cójala y me la va pagando y así fue». Estaba al otro lado de la calle de donde se localiza Nelly Teka, en la actualidad.
«Yo colocaba una emisora de música de antaño. Se escuchaba a Julio Jaramillo, Luis Ángel Ramírez Saldarriaga o el Caballero Gaucho, Olimpo Cárdenas y así. La gente llegaba a escucharla y me empezó a decir que vendiera cerveza, pero eso para mí era un pecado porque yo nací y crecí en un hogar muy religioso, muy católico», comentó. Además, nunca se ha tomado un trago.
«Me decían: ‘Mona, vendé cerveza y te traigo a los empleados de una fábrica’. Así empecé. Dejé de vender arroz, azúcar y café, y el negocio pasó a ser un rumbeadero». Fue la transición de poner boleros y pasillos ecuatorianos a la música salsa y tropical.
En ese camino, en 1992, abrió Nelly Teka, cruzando la carrera 10, donde conoció a Simón García, con el sobrenombre de ‘Vaso e’ leche’, de cariño, y a ‘Al Capone’, cuyo nombre es Gabriel Ramos, el popular ‘Pansuto’. Ellos han sido reconocidos discómanos de la ciudad por ser las bibliotecas ambulantes de la música del ayer, con pleno conocimiento de lo que es una guaracha, un guaguancó o un son montuno.
Nelly Teka, en el Obrero. María Nelly Parra es su fundadora.
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Afirmó que ella misma diseñó el logo de su local, donde muchos aprendieron a bailar en el Obrero. Ese logo es la silueta de una pareja bailando en un pentagrama. Todo está dentro de la figura de un vinilo de larga duración, como le decían al long play, de 33⅓ revoluciones por minuto.
EL TIEMPO le consultó sobre qué piensa del proyecto de transformación del Obrero a lo que contestó: «Nosotros estamos muy contentos y nos interesa sacar el proyecto adelante, porque la plata está y estamos luchando. Estamos en talleres y el alcalde nos ha colaborado mucho con eso». Dijo que el proyecto con Nelly Teka es lograr que sea muy turístico en un área de gastronomía, con el plato típico de Cali, y de otros locales.
Pero también mencionó, como lo ha hecho ante el alcalde Eder, que es vital que el barrio tenga mejor seguridad, pensando no solo en los residentes y en los comerciantes, sino en justamente, los turistas que se esperan lleguen, cuando el cambio termine totalmente.
María Nelly Parra promociona su local como un sitio donde se puede bailar y escuchar salsa y boleros con sabor antillano y de vieja guardia, en medio de un ambiente familiar para luego prender la rumba. El éxito ha sido tal que la dueña tuvo que ampliarlo adquiriendo la casa de al lado.
Para la Alcaldía de Cali, Nelly Teka es una parte significativa de la industria salsera, «esa que ha visto bailar a varias generaciones caleñas, que ha sido clave para la construcción del legado salsero de corazón y le ha puesto a la cultura y al turismo un aporte infinito, en beneficio de la economía y con reconocimiento mundial».
El templo de la salsa y el tango, a menos de una cuadra de la parroquia
La Matraca, en la esquina frente al parque principal del barrio Obrero.
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La Matraca es uno de los salones de baile más representativos de la ciudad, luego de celebrar 61 años de historia en octubre pasado. Está ubicado a menos de una cuadra de la parroquia Jesús Obrero, en la esquina de cara al parque principal.
Uno de sus fundadores fue Clímaco Parra, quien ponía música con un tocadisco para vinilos. Pero, ese tocadiscos en particular no solo dejaba escuchar la melodía de las canciones, también producía el sonido de una matraca y fue así que el local acogió el nombre hasta llegar a ser uno de los íconos culturales del barrio por la salsa y el tango.
Gracias a su popularidad, la familia Parra, oriunda de Manizales, decidió cambiar la tienda que adquirió y dejarla únicamente como un bailadero.
Sin embargo, ya el espacio era muy reducido para la cantidad de asistentes que recibía.
Luego de la muerte de Aura Tulia y Clímaco Parra, madre e hijo, don Jaime, como Jaime Parra Restrepo es conocido en el Obrero, y su esposa, Leyda Santa, tomaron las riendas del negocio en 1996, alcanzando el reconocimiento.
“Ya llevamos 61 años y queremos seguir. Esto es un centro cultural y lo hemos conservado tantos años con la música argentina, como con la salsa. Ahora estamos en la ruta de la salsa y con lo que nos está haciendo el alcalde acá, esto va a quedar muy lindo”, comentó el propietario de La Matraca.
“Cuando se habla del barrio Obrero, se habla de La Matraca. Además, gracias a este espacio, Cali también ha trascendido en la ciudad de Buenos Aires, donde hacemos parte de la Academia Nacional del Tango. Seguimos sonando y esperamos que sean muchos años más”, sostuvo la esposa de don Jaime.
“La Matraca es un sitio clásico de 61 años. Y así como este lugar en el Obrero, hay muchas otras salsotecas que tienen una historia riquísima. Por eso es importante este proyecto del barrio Obrero, porque estamos salvaguardando la cultura caleña. Este es un manantial de la cultura salsera caleña y es un patrimonio de toda la ciudadanía”, expresó el alcalde Eder.
Cristina Varela, hija de Jairo Varela y quien lidera el Museo de la Salsa Jairo Varela y Umberto Valverde, biógrafo del maestro salsero. ARCHIVO.
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Letras que enaltecen al barrio Obrero
grandes escritores nacieron y se forjaron en el barrio Obrero de Cali. Se trata del destacado poeta Jotamario Arbeláez (su nombre completo es José Mario Arbeláez Ramos) y de Umberto Valverde, quien fue un reconocido escritor, novelista, creador de cuentos y periodista.
Umberto Valverde dirigió el periódico La Palabra, de la Universidad del Valle, donde fue maestro de muchos de los profesionales que han sobresalido en los medios de comunicación del ámbito regional y nacional.
Fue, además, editorialista en diferentes periódicos, como EL TIEMPO. Por eso, su muerte, el 23 de septiembre de 2024, fue considerada como el fin de toda una era dorada en Cali, que dejó reflejada en sus obras. Entre líneas se recreaban las vivencias en su barrio: el Obrero.
Fue el autor de dos libros imprescindibles en la literatura colombiana y en la historia de la salsa, como lo señaló el director de la revista Bocas y Lecturas de EL TIEMPO Casa Editorial, Fernando Gómez: Celia Cruz Reina Rumba y Bomba Camará.
Celia Cruz Reina Rumba, de Umberto Valverde
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Gómez reseñó al respecto: «El primero, la biografía novelada de Celia Cruz, no solo fue recibida con jolgorio por la propia Celia (que lo quiso tanto que hasta hizo un saque de honor con él en el estadio Pascual Guerrero), sino que recibió la admiración total del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante que –en una carta para enmarcar– dijo: ‘Es un reportaje, una entrevista, una biografía, una confesión y a la vez un poema. No había visto nunca antes una apropiación tan total de la música cubana –excepto, claro, en ciertos músicos de salsa–. Pero no como música vivida, como literatura. A pesar de mi larga frecuentación con el jazz yo no he podido hacer remotamente siquiera lo que tú has hecho'».
EL TIEMPO le rinde tributo a Umberto Valverde, a este hijo orgulloso del Obrero, que escribió durante muchos años en el diario a nivel nacional y en las páginas de Cali.
Es por ello que el periódico, en un vuelco a la memoria, reproduce uno de sus textos, muy a tono con lo que Cali vive en diciembre, pero también sobre el Obrero, cuya opinión siempre fue valiosa y quizás, hoy hubiera podido referirse a esa gran transformación de su barrio.
El siguiente es el texto publicado por esta casa editorial, el 23 de diciembre de 2015:
El calor festivo de los diciembres en el barrio Obrero de Cali
Para Carlos y Hugo, mis hermanos.
Nací en el barrio Obrero de Cali, viví en calle caliente, en las esquinas gastábamos el tiempo, las palabras y los deseos. Todo el barrio tenía su manera de bailar, de jugar al fútbol en las calles y poner discos de la Sonora Matancera. Daniel Santos y Bievenido Granda eran los ídolos de la noche, y Celia Cruz era la reina rumba. Diciembre empezaba el 7 de diciembre, el día de las velitas. Era una vieja tradición, en la que las familias intercambiaban platos tradicionales, desamargado, buñuelos, manjarblanco y vino Moscatel.
La fiesta se encendía desde temprano, se escuchaban los totes y las papeletas, y la música de la Sonora Matancera en sus diferentes voces marcaba la alegría de las gentes populares. También se cruzaban la música de Cortijo y hasta boleros de Tito Cortés, quien vivía unas cuadras más abajo y jugaba fútbol en el Loncha.
Con nuestra gallada, conformada por siete muchachos, recorríamos las calles del barrio, nos sentábamos en el parque, bajábamos hasta donde Merejo, el único sitio donde se escuchaba toda la música de Cortijo e Ismael Rivera. Pasaba por la casa de Rosa, en la carrera 11, la hermosa trigueña de cejas negras que bailaba conmigo pachanga en los agualulos de los domingos, y que un sábado decidió tomarse un veneno. Sin tener edad para estar en Cangrejos, el bar más bravo del Obrero, me amanecí llorando escuchando la voz de Daniel Santos, llamado Rosa. Rosa, qué generosa. Ella, hermosa joven que una vez me dedicó La cosecha de mujeres.
Con los boleros de Roberto Ledesma pedíamos la próxima caneca, que nunca se sabía cómo se pagaba. No, no salgas de tu barrio –del barrio Obrero a la quince es un paso–. Barrio que desgarra mi memoria. Llegó diciembre con su alegría, con las camisas de flores que mi madre cosía en su máquina Singer. Con la ropa que me compraba mi padre en el centro. Había poco, pero nunca faltaba lo necesario.
Aprendimos a hacer voladoras, pedir y salir corriendo sin pagar. Armábamos peleas en las fiestas a las que íbamos, y creíamos que siempre estaríamos juntos. Sin embargo, cuando empezaron a tumbar el Rialto, un teatro sin techo en la carrera octava con 21, entendimos que el barrio no duraría para siempre, que los recuerdos de las películas de rumberas, con Tongolele, Meche Barba, Amalia Aguilar y Ninón Sevilla se convertían en una parte de nuestra infancia y adolescencia.
Diciembre sonaba a Recuerdos de Navidad de Celio González, a la voz de Lucho Argaín y Celina y Reutillo. Armábamos bolas de cera o le disparábamos a los globos para desinflarlos. Al otro día, día de fiesta, era inmensamente solo porque pesaba la resaca del día anterior. Después, en la tarde se volvían a escuchar los boleros, Panchito y Rolando La Serie. En la noche aparecía el mambo de Pérez Prado. Resortes era el gran bailarín que todos imitaban en el barrio Obrero. Bailarines como el Chato, que tiraba paso en la zona de tolerancia.
El barrio Obrero era todo para nosotros: Cali era una calle y no importaba lo demás. Por la carrera octava entraban los ciclistas, el inigualable Ramón Hoyos. También entraban los presidentes porque era el camino para el viejo aeropuerto, de donde partió mi padre para ir a La Habana, para asistir a un congreso de líderes sindicales.
A mi padre, Octavio, le encantaba la poesía de Neruda y fue abanderado de las primeras huelgas de los sindicatos azucareros y de la fábrica de Croydon. Durante los últimos días de la dictadura de Rojas Pinilla, mi padre vivía escondido, saltando los techos de los vecinos, y nosotros dormíamos en la última pieza de la casa, por si acaso, porque los pájaros asesinaban a los opositores del gobierno. Una noche, mientras la gente estaba sentada en los andenes oyendo música, empezaron a disparar. En el día de las velitas nunca llovía y el cielo era azul, lleno de estrellas con una luna grande. La ilusión era que ya llegaban las vacaciones y todo el tiempo comíamos hojaldras y brevas dulces. La mamá de los Abadía, los que fueron jugadores del América, como Faustino, defensa central del equipo de Adolfo Pedernera, me preparaba chunchullo sudado, que nunca más lo he vuelto a comer. Nadie lo preparaba como ella.
El primero de enero, mientras en La Esquina del Movimiento se repetía como disco rayado Recuerdos de Navidad, un extra detuvo la música para informar que Fidel Castro y sus rebeldes habían entrado a La Habana y el dictador Batista había huido sin destino conocido. Años después, estas imágenes se convertirían en memorables en El Padrino, cuando Al Pacino besa a su hermano a las doce en punto del Año Nuevo y le dice: “Me partiste el alma, supe que fuiste tú”. Su hermano lo había traicionado y ni siquiera el afecto de la hermandad evitaría que fuera asesinado.
Un primero de enero, cuando ya se había iniciado la Feria de Cali, mi madre, María Rojas, me llevó a ver la orquesta de Dámaso Pérez Prado, el creador del mambo, chiquitico y con un bastón.
También se presentó Carlos ‘Argentino’ Torres, acompañado por la orquesta de Pacho Galán, famoso por el merecumbé. El cantante de la Sonora Matancera interpretó un tema de moda: “Qué buena que está la mama, qué buena está la hija, yo me quedo con la mama, yo me quedo con la hija”. El barrio fue cambiando, unos bajaban y otros subían. Llegó el cemento; cuando pavimentaron, arrasaron con los árboles. La mayoría se fueron para barrios más pobres, como Alfonso López. Nosotros nos fuimos para el Junín, donde había unos zancudos de miedo. También murió Cangrejos, donde aprendimos a ser duros, a beber, a pelear y donde una mujer de la vida de una casa de citas famosa nos invitó un domingo a tomar cerveza y, por primera vez, sentimos que un cuerpo divino nos amacizaba.
En Cangrejos le cortaron la cara a la novia de mi padrino, y Lázaro, amigo de Rodrigo en San Nicolás, nos dijo que la mesa de un bar era el cuadrado de la soledad de una persona y quien lo interrumpiera estaría en peligro. Una vez, alguien lo molestó en ese silencio que manejaba y lo sacó a la calle y le hundió un cuchillo. Lázaro se suicidó. Nada fue lo mismo, solo la música. Las trompetas de la Sonora Matancera siguieron en mi memoria, los coros de Caíto y Rogelio, hasta que llegó la pachanga de Joe Cuba, Randy Carlos y Tito Rodríguez.
El barrio Obrero se quedó instalado en nuestra memoria, en el corazón, y nos fuimos por la vida, para contar todo eso que había aprendido de niño y adolescente. Mi amigo de infancia, Humberto Corredor, se convirtió en el acompañante de la Sonora Matancera y, después, en el mejor coleccionista del mundo. La primera que no pasamos el 31 de diciembre al lado de nuestros padres fue cuando vino Richie Ray y Bobby Cruz a la Caseta Panamericana. Fuimos todos los días a descubrir lo que era la música de Nueva York. Cali conoció a los Reyes de la Salsa. Ahora, la música del barrio, música de negros, decían algunos, se convirtió en la música de la ciudad. Música de trompetas, bajo, piano frenético y percusión alucinada. Ricardo viene de frente con su Sonido bestial. Ahí viene Richie, viene virao como bestia tocando el tumbao. De ahí en adelante fue la rumba, como un bajel perdido. La rumba de mi vida. Mi vida sin rumbo en diez noches sin nostalgia de faros ni de puertos. Aprendí todo lo bueno y, siempre cuando convenga, sé que con mucha plata, uno vale mucho más. Hola soledad.
UMBERTO VALVERDE
Escritor y periodista caleño, autor de ‘Bomba Camará’ (1972), ‘En busca de tu nombre’ (1976), ‘Celia reina rumba’ (1981) y ‘Quítate de la vía Perico’ (2001).
Jotamario Arbeláez y su adolescencia en el barrio
El escritor, poeta y periodista Jotamario Arbeláez es uno de los más insignes columnistas del periódico EL TIEMPO.
La Red Cultural del Banco de la República describió al escritor, poeta y periodista así: «Cuando los nadaístas de Medellín, con Gonzalo Arango a la cabeza, llegaron a Cali con el propósito de promocionar su movimiento, encontraron el respaldo de varios cómplices que se les unieron para exigir públicamente el reemplazo del busto de Jorge Isaacs por uno de Brigitte Bardot. Entre ellos estaba José Mario Arbeláez Ramos (o Jotamario, como empezó a firmar más tarde), el hijo mayor de don Jesús Arbeláez, sastre a quien exalta en Paño de lágrimas, uno de sus poemas más conocidos. Lector atento de los surrealistas, Jotamario recoge de ellos el humor negro y el gusto por el absurdo y las imágenes insólitas (Mira mis huellas digitales que no conducen a ninguna parte)».
EL TIEMPO publica una de sus recordadas columnas en las páginas de esta casa editorial, en la que hace referencia al barrio Obrero. Fue publicada el 19 de marzo de 2013:
El patatús
En mi ríspida adolescencia caleña en el barrio de Jesús Obrero, vecino de la zona de tolerancia, donde mi papá logró comprar una casa grande pero modesta con la actividad de sus agujas y de su máquina de coser, se hablaba de la marihuana como de «la yerba maldita», un engendro de Satanás, y del marihuanero que se estancaba en la esquina a la medianoche, como de un atracador, violador o asesino en potencia. Se decía que su efecto llevaba a una hipersensibilidad general, producía visiones lascivas o paradisíacas y despertaba una ridícula euforia por cualquier cosa, amén de un apetito desaforado, y que podía conducir a la pérdida momentánea de los cabales y del control de los actos. Así como aguzaba los sentidos, se suponía que quien tenía tendencia al mal iba a practicar a la perfección sus actos perversos.
Ya desde el colegio de Santa Librada comencé a ser tentado al consumo por un condiscípulo asaz brillante, quien me prometió que si la fumábamos seríamos como dioses, pero no le comí cuento por cuanto ya ese paso trascendental me había sido satanizado. No accedí a esa primera comunión hasta que no hube ingresado, tiempo después, a la cofradía nadaísta, que no le tenía miedo a nada, estaba en contra del establecimiento en pleno, proponía una estética convulsiva desde la poesía de vanguardia, planteaba una revolución total en todos los ámbitos, sobre todo el de la conciencia, y asumía lo prohibido como una bofetada más a lo establecido. Nos fumamos unos baretos inmarchitables. Nos habíamos propuesto cambiar la faz de la tierra y así íbamos por el mundo con los ojos rojos, la boca seca y las mandíbulas desencajadas, como muestra gratis y fehaciente del hombre nuevo.
Al vernos deambular por esas calles astrosas, que nosotros veíamos como parisinos bulevares, las madres retiraban a sus críos, impidiendo que siquiera nos vieran. De la misma manera habían sido reprobados los profetas que fueron antes que nosotros. Muchos de esos polluelos, vale decirlo, para que se vea que los designios son insondables, fueron después los continuadores del nadaísmo. Y en el auge de nuestro terrorismo verbal tan bien prohijado por los medios, no fueron pocos los burgueses y políticos en el poder que se vinieron a enrolar con nosotros.
Debo declarar que eso que se decía que los hijos de los hippies, por drogadictos, iban a nacer con malformación genética, no fue cierto, pues no hay descendencia más hermosa que la de ellos, según he podido comprobar, incluso en mi caso. Aunque sí vi caer bareteros consumidos en la carrera.
Ya que estamos hablando para eterna memoria, debo dejar en claro que durante muchos años fui considerado adalid del consumo de la sustancia. Incluso, en la revista Cromos aparecí en un artículo de 1971 titulado ‘La muerte de Jotamario por Jotamario’, fumándome un cacho en el ataúd. Para la Feria del Libro aparecerá el tomo que lo recoge, publicado por Caza de Libros. Por causas que no vienen al caso, nunca fumé un cigarrillo de tabaco nicotinoso, es decir, nunca aprendí a fumar y, por consiguiente, a aspirar. En mí sí se cumplió la pendeja disculpa del presidente de USA Bill Clinton ante las fotos que lo mostraban con el bareto juvenil en la boca, para librarse de cualquier consecuencia judicial o prestigiosa: «Sí la fumé, pero no la aspiré». En mi caso, sí fue verdad, y esos miles de cachos que compartí con mis generaciones nadaísta y hippie prácticamente fueron humos perdidos.
Ahora está por declararse que toda la dura y costosa y sangrienta batalla contra la droga, impulsada por USA para mantenernos controlados, fue un soberano fracaso. Y que se está pensando en otras fórmulas tendientes a su legalización. Porque, como nosotros siempre sostuvimos, la yerba maldita no era tal, sino una yerba bendita. Conducente a abrir las puertas de la percepción y no las del psiquiátrico. Cosa que vinieron a probar y comprobar los hippies con su eslogan ‘No haga la guerra, haga un join’. Claro que si llego a sorprender a mi hijo adolescente con una chicharra en su mesa de noche, con seguridad que me dará un patatús.
CAROLINA BOHÓRQUEZ RAMÍREZ, CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
jUAN PABLO RUEDA, REPORTERO GRÁFICO DE EL TIEMPO
CALI