Thu, Apr 2, 2026
Nacionales

Gira íntima de danza de guerra Congo Grande de Barranquilla (Fotos) – Primer plano

Gira íntima de danza de guerra Congo Grande de Barranquilla (Fotos)

 – Primer plano
primerplano noticias
  • Publicadofebrero 16, 2026
Jesús Antonio Blancquicet

Comunicadora social y periodista de la Universidad de Monteávila en Caracas, Venezuela.

Hay quienes lo miran desde la sombra de la tribuna y quienes lo sostienen con el cuerpo, la disciplina y la memoria que exige una tradición centenaria. Durante años estuve del lado del público, grabando cada escena y acompañándola con aplausos. Esta vez crucé esa línea. Por primera vez como creador participé en el carnaval de La Arenosa y me uní al Gran Desfile de las Tradiciones en Barranquilla Grande, Congo, con la responsabilidad de representar una historia de 150 años. Esta historia nace desde dentro, desde las raíces del partido, donde cada gesto tiene importancia histórica.

En Congo Grande, más de 60 bailarines empuñan turbantes y machetes y llevan consigo 150 años de memoria en una tradición bailada con el cuerpo y la herencia familiar.

Foto:Cortesía de Hansel Vásquez

yoLlegué antes de las diez de la mañana a la casa del rey de Momo 2026, Adolfo Maury. La calle ya ha despertado. Hubo largos saludos, risas y el sonido de un tambor marcando el ritmo. Los bailarines aparecieron uno por uno; más de 60 hombres y mujeres que se saludaron por su nombre, hablaron de los ensayos, de años anteriores, de la responsabilidad de volver a salir, pero este año con un significado especial: el grupo celebra 150 años de ser parte del principal festival de Colombia.

Los trajes de los bailarines comenzaron a tomar forma ante mí. Observé cómo se colocaban pacientemente los turbantes, cómo se extendían las capas sobre las sillas y luego caían sobre los hombros. El machete de utilería se sostenía con fuerza, no como decoración, sino como símbolo de resistencia y apertura de camino. Cada pieza tenía un orden. No fue improvisación; Fue un proceso que se repitió con disciplina.

En Congo Grande, más de 60 bailarines empuñan turbantes y machetes y llevan consigo 150 años de memoria en una tradición bailada con el cuerpo y la herencia familiar.

Foto:Cortesía de Hansel Vásquez

A sus 53 años, Mayra Oñoro Blanco también debutó este año en Grande de Barranquilla, Congo. Su aparición en el baile no fue casual. “Vengo de herencia de mi padre, él bailó muchos bailes y estuvo 10 años en Congo Grande”.– dijo la mujer, explicando que debido a que su padre sufre de osteoartritis y ya no puede caminar libremente, decidió continuar la tradición con su hija. «Mi padre bailó aquí en el Congo durante más de 10 años. Ya no podía bailar», dijo Oñoro, quien se hizo cargo de las tareas familiares durante la celebración del 150 aniversario del grupo.

El momento del maquillaje fue diferente para mí. No había espejos apoyados en las paredes ni en las ventanas; cada creador confió en el otro, de modo que sus rostros se pusieron blancos y rojos. Me explicaron que pintar caras surgió de una época en la que el baile provocaba la guerra. Mientras los dedos, utilizados a modo de pincel, camuflaban la piel para la «batalla», entendí que esta escena marcaba la transición de observador a participante. Ya no miraba la tradición; Yo estaba en ello y era mi turno.

En Congo Grande, más de 60 bailarines empuñan turbantes y machetes y llevan consigo 150 años de memoria en una tradición bailada con el cuerpo y la herencia familiar.

Foto:Cortesía de Hansel Vásquez

Alrededor del mediodía entramos en la casa del rey Momo. En la sala, rodeado de su familia, Maury terminaba de arreglarse. El ambiente era íntimo, pero no silencioso. Afuera se oían tambores tocando el ritmo. En el interior se ajustaron detalles del traje, se tomaron fotografías y se intercambiaron miradas concentradas. Sentí que estaba presenciando un momento previo a algo que trascendía lo individual.

En esta cadena de acontecimientos, el traslado a la Vía 40 fue una de esas escenas que el público no puede imaginar. Subimos al autobús y el termómetro marcaba 35 grados. El ambiente era sofocante, pero nadie lo reprochó: «Somos guerreros, es parte de la preparación».– dijo uno de los bailarines sentados en las últimas posiciones del vehículo.

En Congo Grande, más de 60 bailarines empuñan turbantes y machetes y llevan consigo 150 años de memoria en una tradición bailada con el cuerpo y la herencia familiar.

Foto:Cortesía de Hansel Vásquez

Cada creador cuidó su turbante como si fuera parte de un ritual; No podía doblarse ni perder su forma. Le tomaron las manos, lo pusieron sobre sus piernas, lo protegieron de la fricción. No era sólo un traje. Era un símbolo visible de la historia transmitida de generación en generación que había vuelto a salir a las calles.

El calor se mezclaba con el olor a maquillaje y el sonido amaderado de los machetes golpeando el piso metálico del autobús. Nadie habló de estar cansado. Hablaron de los 150 años del Congo Grande de Barranquilla, fundado el 22 de diciembre de 1875 por el artesano Joaquín Brachi y sus trabajadores del mercado. Se habló de mantener el nombre y el tono del grito de guerra que invita a bailar.

En Congo Grande, más de 60 bailarines empuñan turbantes y machetes y llevan consigo 150 años de memoria en una tradición bailada con el cuerpo y la herencia familiar.

Foto:Cortesía de Hansel Vásquez

Luego de llegar a la Vía 40, antes de ingresar a la ruta, nos dirigimos a la Zona de Bienestar preparada para los creadores del carnaval. Allí encontramos agua, sombra y espacio para reorganizarnos antes de partir. Fue un respiro necesario del calor y la tensión previos al desfile. Internamente entendí que ese no era un detalle menor; Fue una oportunidad de utilizar nuestros cuerpos para apreciar el trabajo de quienes mantienen la tradición. Este espacio se convirtió en un lugar de encuentro y un tranquilo preludio de lo que seguiría minutos después con una explosión de música y aplausos en la Vía 40.

Tarquino Rafael Almanza, quien tiene 50 años de experiencia en danza a sus espaldas, señaló que esta era la primera vez que se le ponía a su disposición un espacio de este tipo. «Este gesto es una expresión de respeto a la tradición. Me gustó mucho y aquí estoy», afirmó.

En Congo Grande, más de 60 bailarines empuñan turbantes y machetes y llevan consigo 150 años de memoria en una tradición bailada con el cuerpo y la herencia familiar.

Foto:Cortesía de Hansel Vásquez

Después de llegar al punto de concentración, el rey Momo reunió a la compañía. Formamos filas, todos listos para atacar. En ese momento se produjo uno de los momentos más esperados: el encuentro con la reina del carnaval, Michell Char, que llegó vestida de Congo. Juntos dieron el primer paso hacia el desfile. Los aplausos y gritos confirmaron que esta imagen quedará en la memoria de muchas personas durante mucho tiempo.

Cuando, en pleno cumbiódromo de Vía 40, los colores de los trajes comenzaron a destellar producto del reflejo del sol, sentí la verdadera importancia de lo que significa la Declaración del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. No era un título lejano; Era una responsabilidad que nos acompañaba. El asfalto vibró bajo los tambores. La gente coreaba el nombre del Gran Congo. Algunos gritaban las palabras de Adolfo, otros de la reina. Cada gesto encontró una reacción inmediata.

En Congo Grande, más de 60 bailarines empuñan turbantes y machetes y llevan consigo 150 años de memoria en una tradición bailada con el cuerpo y la herencia familiar.

Foto:Cortesía de Hansel Vásquez

El calor en la ciudad contrastaba con el humor público. Había voces desde la grada pidiendo más vueltas, más fuerza en el paso. Vi a niños ponerse de pie para imitar el movimiento de la capa. Vi gente mayor aplaudiendo con tanta energía como los jóvenes. La alegría fue contagiosa. No se trataba sólo de ver el desfile; Participó desde la orilla.

A mitad del recorrido me di cuenta del esfuerzo físico que implica mantener el ritmo. El traje pesa, el maquillaje suda, el sol pega implacablemente. Aun así, nadie se rinde. Cada bailarín mantiene la posición de la cabeza bajo el peso del turbante, levanta el machete y da pasos seguros. Sentí el cansancio, pero también la fuerza que brotaba del grupo. Cuando uno se debilitaba, otro se animaba.

En Congo Grande, más de 60 bailarines empuñan turbantes y machetes y llevan consigo 150 años de memoria en una tradición bailada con el cuerpo y la herencia familiar.

Foto:Cortesía de Hansel Vásquez

Hubo un momento en que miré hacia arriba y vi la interminable línea del Congo Grande de Barranquilla acercándose como una sola cuadra. Más de un siglo de historia se resumió en este movimiento. Pensé en Brachi llamando a los artesanos y vendedores al mercado y en la decisión de darle un nombre al grupo. Pensé en todo lo que había pasado desde entonces, gracias a lo cual hoy esta comparsa sigue siendo un pilar de esta fiesta que corre por las venas de los barranquilleros.

Ser creador por un día me permitió comprender que el carnaval no se puede explicar sólo con historias y anécdotas. Se entiende en el sudor compartido, en el abrazo antes de partir, en la coordinación invisible entre más de 60 personas que saben cuándo dar la vuelta y cuándo avanzar. Esto se siente en la reacción del público, que reconoce la trayectoria y la celebra en voz alta.

Foto:Cortesía de Hansel Vásquez

Contenido

Al final del viaje ya no era el mismo que había llegado por la mañana. Me di cuenta de que la tradición no es un concepto vacío que se repite para llenar los discursos; Es una experiencia vivida desde adentro, construida paso a paso, bajo el sol de Barranquilla y frente a una ciudad que responde con la misma intensidad con la que bailamos.

Jesús Blancquiet

Enviado Especial EL TIEMPO

Barranquilla

Según los criterios

primerplano noticias
Written By
primerplano noticias